Eduardo
Mendoza puede escribir de muchas maneras, y en esta ocasión utiliza su pluma
para relatar de manera magistral una serie de absurdos sucesos que me han llevado,
inevitablemente, a la cripta embrujada. El protagonista vuelve a ser el
mismo, con algunos añadidos.
Todo
comienza con un funeral al que asiste muy poca gente. El fallecido, y en este
caso supuestamente asesinado, es un pobre desgraciado que en el pasado colaboró
con la policía en algunos casos (y protagonizó novelas). Un joven aprendiz de
periodista, Ramoncito Valenzuela, asiste al sepelio y escribe una pequeña
crónica que será desencadenante de una serie de hechos a cuál más inverosímil.
Los
personajes que van apareciendo son entrañables, desde Cándida, la avejentada
hermana del supuesto finado, pasando por la rebelde Titina o el sorprendente
Winston, o incluso el impredecible y jubilado inspector Jarana. Todo va dando
vueltas entre secuestros, persecuciones y embaucadores, hasta que la historia
tiene un fin, parece que redondo.

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