Hace más
de cuatro mil años, una civilización de la cuál poco conocemos, realizó una
obra que aún perdura y que maravilla por su dificultad. Una serie de piedras de
tamaño descomunal fueron trasladadas hasta Stonehenge desde una distancia no precisamente
pequeña, para las técnicas de la época.
Las
piedras están orientadas de manera que el sol se cuela por ellas al amanecer, y
según piensan los expertos, a la civilización que allí las colocó les servían
para contar los días que iban pasando, los años… Y esta es la excusa que
encuentra Ken Follett para, echando a volar su imaginación, contarnos quiénes y
por qué decidieron maravillar al mundo, en su día, con una construcción que ha
perdurado durante milenios y que yo visité hace unos días.
Las
relaciones interpersonales entre las sociedades ganaderas, agricultoras y
recolectoras son, obviamente, inventadas. Pero quizá fueron así, quizá no… No
lo sabemos, y bien está lo que se ha convertido en un relato bien hilado.










































