Nuestra
investigadora con muchos problemas emocionales, Mila Vasquez, se ha retirado a
vivir al campo, al lado de un lago, con su hija Alice, a quien quiere ver
crecer. Aunque sus respuestas afectuosas dejan mucho que desear, la vida no les
va mal en ese rincón. No echa de menos su trabajo buscando desaparecidos, y ha
cortado la relación con sus antiguos compañeros.
Un día, aparece
en la puerta de su casa su antigua jefa para solicitar su ayuda. Un hombre ha
sido detenido por el posible asesinato de una familia, pero se niega a hablar.
Su cuerpo está completamente tatuado de números, y también aparece su nombre: Mila.
Esto
será el inicio de un viaje trepidante, lleno de giros como estamos
acostumbrados. En esta ocasión, me ha parecido que el autor ha rizado el rizo y
se ha pasado de complicación, en un libro que me ha costado llegar a entender
por completo.











































